No.19 Xuño/Xullo 1985


Ruta de dificultad a un monte virgen
BIARCHEDI (6.759 m.)

DOS PIRATAS EN
EL KARAKORUM


Joaquín CARRIL


Dábamos lo que fuese por ir. Y se hizo inevitable cambiar nuestro fiel Jeep por dos miserables billetes para Rawalpindi.
     No había dinero para ningún permiso -ni para un Trekking, como habíamos pensado en un principio-, así que tendríamos que ingeniárnoslas para andar sin permiso en un país en el cual la ilegalidad se castiga con dureza. Nos metíamos en la boca del lobo, en el peor de los sitios a los que podíamos ir sin permiso: el KARAKORUM.
     Por segunda vez, volvíamos a la báscula del aeropuerto de Barcelona: con botas y demás equipo de altura encima. Seguía habiendo exceso. Al final el nota se enrolló y nos fuimos a seguir sudando en la sala de espera.
     En Pindi, entre el calor y los moros, anduvimos agobiados durante unos días. Después de marearnos lo que quisieron, conseguimos el dichoso visado.
     Un par de días pasando miedo, cuando la guagua llega a Skardú. Somos los primeros del año en llegar. Los porteadores se abalanzan con cartas de recomendaci6n en busca de trabajo.
     —No climbing..., tourist.
     —...
     —(Ni puto caso)... No rupis, no rupis. (Parece que ya nos entendemos y se abren).
     En realidad, había que contratar a tres porteadores, pero los de aquí no nos interesan. Aquí todo se habla.
     Pasamos el día comprando las últimas provisiones y, como aún no escasea el dinero, alquilamos un Jeep para desplazarnos a Dasso.
     Inspectores de la Policía se encargan de contratarnos a tres porteadores, mientras el jefe nos hace preguntas:
     —¿Adónde vais?
     —Biafo Glaciar (para este lugar no hace falta permiso).
     —¿Escalada?
     —No, trekking.
     No muy convencidos, regresan a Skardú.
     Muy temprano comienza el primero de los largos días de porteos que se sucederían. Cien pasos y ¡Stop!. Mil metros y ¡Long Stop!. Encima, empiezan las peticiones: que si tabaco, que si calcetines. ¿Y así quién no portea?
     Pasan tres días. Cuando llegamos a Askole (último poblado de la marcha de aproximación) nos deshacemos de los porteadores, pues queremos que sigan pensando, y que cuenten abajo, que efectivamente éramos dos turistas que íbamos de Trekking por el Biafo Glaciar. Las consecuencias de dicha decisión eran claras: tendríamos que portearlo todo nosotros. (¡Aún no sabíamos lo que significaba esto!).
     Varios días después, cuando el cuerpo y los hombros empezaban a adaptarse a las cargas de 30 kilos, llegamos a uno de los flancos del GRUPO PAIJU, nuestro inmediato objetivo. Allí montamos nuestra BASE MÓVIL, consistente en una tienda camuflada y una cueva.
     Entre porteo y porteo, aprovechábamos los días de buen tiempo para aclimatarnos, buscando una ruta que nos condujera a nuestra montaña. Una pequeña cabaña de cazadores, un vivac -que construimos debajo de una piedra- y nuestra tienda ambulante, constituían nuestros respectivos campamentos de altura.
     Llegó el momento de hacer un intento, que resultaría infructuoso por las malas condiciones de la ruta y del tiempo.
     Nuestra táctica se convertiría en nuestro lema: "No parar nunca". Cuando hacía buen tiempo subíamos y, cuando el mal tiempo llegaba, no nos quedábamos amuermados e inactivos, esperando la mejoría, como hacen el resto de expedicionarios.
     Tardamos una semana en realizar nuestro segundo porteo a Skardú. Al regreso, el mal tiempo perduraba y, fieles a nuestro lema, hicimos un recorrido de ciento y pico de kilómetros en dos días para visitar a nuestros amigos americanos (su objetivo era la cara oeste del GASHERBRUM IV). Se quedan asombrados al vernos y nos dejan dormir en su tienda comedor. ¡Fallo tremendo! Al día siguiente, les decimos que para la semana próxima bajaremos por tercera vez a Skardú. No se lo creen, pero aprovechan para darnos por segunda vez las cartas. Radford, el potente del grupo, me dice:
     —Tu amigo en el Aconcagua subía y bajaba. Nunca paraba. ¿Aquí lo mismo?
     Había adivinado la táctica.
     Mejora el tiempo y nos mudamos a la loma donde está la pequeña cabaña de cazadores, con viveres para diez días. Desde aquí, nuestro monte sobresale de entre los demás. A la derecha, el Paijú, cuenta con la única ascensión de Iván Girardini, sin permiso. En aquella ocasión, por tratarse de él, las autoridades fueron benevolentes: cinco años sin entrar en el país.
     Más cerca todavía se encuentra el Uli Biaho. Nuestro objetivo es el más alto de la zona (6.756 m.) y está todavía virgen.
     26 de mayo. Era nuestro tercer intento, cuando a media noche abandonábamos la pequeña tiendecilla. El glaciar se intuía al fondo, las rampas se iban sucediendo y a los crampones les costaba hincarse en el hielo. El tiempo parecía cambiar por momentos, pero la visión cercana de la cumbre nos estimulaba a seguir. Tramos de nieve blanda, en los que nos hundimos y apenas avanzamos, nos dejan extenuados. Llegamos al plató superior, cuando cambia de repente el tiempo. Intentamos seguir avanzando por una pala de 60°. El viento es muy fuerte. A 300-400 metros de la cumbre, abandonamos. Pero estamos contentos de cómo estamos respondiendo a la altura: habíamos superado los 1.500 metros en un día.
     En los siguientes días realizaríamos nuestro tercer porteo (Toni bajaría por cuarta vez) y trasladamos el Base a cerca de Concordia, donde el glaciar Yermanendu se une con el Baltoro.
     Lorenzo empieza a calentar. Me enrollo con la harina y saco unos parantans (chapatis fritos en aceite). Les ponemos 26 velas y cantamos la canción típica. Es 13 de junio. El regalo de Toni es estupendo: ¡BUEN TIEMPO!
     Después de preparar las mochilas con provisiones para seis días, nos abrimos. Cruzamos hacia el glaciar Yermanendu, que baja del Masherbrum, y en unas horas alcanzamos la base de la montaña que nos atraía. Debajo de la pared encontramos un sitio ideal para acampar, claro está que ya ha sido utilizado como Campamento Base por alguna expedición.
     De media noche hasta que nos ponemos en marcha, nos echamos casi dos horas preparándonos (parecemos mujeres). El caso es que la cocinilla ya lleva casi una hora intentando hervir dos cacharros de agua.
     Nuestra ruta comienza bordeando un pequeño glaciar colgante por unas palas de no mucha inclinación, hasta coger una rampa helada que acaba en un pequeño collado. Sin llegar al collado nos metemos en plena pared y vamos ascendiendo por unas palas empalmadas -siempre por finas aristas o algún serac que tendremos que superar directamente-. La inclinación va igual que la dificultad (a mayor, de 50° a 75°).
     Llevamos bastantes horas en la pared. El sol ablandó la nieve y nos hundimos mucho en tramos. La ruta va intentado bordear un gran serac que cuelga en medio de la pared. Aquí es donde encontramos la mayor dificultad. Para bordear y superar el dichoso serac, nos echamos en un pequeño tramo dos horas y media. Al principio te hundes y no avanzas. Luego, hielo cristal. Después, tramos de nieve en polvo y, debajo, el duro hielo: te sigues deslizando. Toni da un patinazo. El piolet aguanta el peso del cuerpo y se incorpora rápidamente. Yo paso más miedo que él. Habíamos decidido subir al estilo más puro, sin cuerda. Miro a Toni trabajando duramente para salir de ese difícil tramo de unos 70° de hielo cristal y alucino pensando en que tendré que subir por ahí. Pienso en el inútil cordino de 15 metros que tengo en la mochila, pues es muy corto y no se lo puedo lanzar. Miro para abajo. ¡Vaya palo bajar de aquí! Ni pensarlo. Me resigno y me echo a escalar. Intento tallar pequeñas presas. Demasiado agotador; encima, la altura y la pesada mochila incrementan el cansancio. En un arrebato de fuerzas, logro salir de este tramo para introducirme en un espolón de 65° de nieve polvo. Das un paso y bajas otro. Enterrados hasta la cintura, logramos abrir un surco de unos 30 metros. Está todo muy peligroso para seguir hoy y nosotros estamos agotados. Tallamos durante dos horas una pequeña plataforma donde cogemos los dos cómodamente.
     Toni se mete en el saco. A mí me toca cocinar los espaguetis pakistaníes, el liofilizado de los climbis colgados.
     Me duele mucho la cabeza. Hago un té con leche, tomo una aspirina y me introduzco en el tubo. Se va el sol y nos arrinconamos en una esquina de la repisa, esperando inútilmente a que cesen de caer las duchas de nieve. Desde este balcón, la sensación de vacío es inmensa. A nuestros pies se extiende el gran glaciar del Baltoro; montones de marrones montañitas surcadas en su centro por una columna de icebergs. Pensamos en Messner. Hoy tenía que pasar la noche por ahí abajo, en Biangoro. Nos partimos de risa.
     —¿Yo? Turista. Le había contestado Toni cuando se lo cruzó bajando.
     —No turista, climbing -fue la respuesta del famoso la segunda vez que Toni lo adelantó en una cuestorra del copón. Toni había hecho en tres días el trayecto que los porteadores hacen en doce.
     La visión del Angelus, Mustang Tower y K2 nos hacen olvidar esta charla intrascendente y nos quedamos flipando con esas montañas perfectas de más allá del glaciar.
     15 de junio. 02,00 horas. Empiezo a calentar el té con leche. Al final tardamos más que ayer. Son las 04,30 cuando abandonamos nuestro refugio para colgarnos nuevamente de los piolets. No está tan chungo como ayer, pero la cosa tampoco está para bromas. Toni intenta subir directamente. Yo hago travesía hasta alcanzar un espolón: tiene más nieve y es más seguro. Toni las pasa putas, destrepa y me sigue.
     Vamos superando tramos de hielo de diferentes calidades. A veces, la nieve forma estrechas y largas franjas en pendientes heladas de 65°. Pasamos sin respirar, pues en cualquier momento -y más con nuestros pesos- se podría ir todo para abajo. Me paro muchas veces. Parece que me ahogo. La altura y el sol atacan duramente.
     La arista que baja de la primera cumbre forma una gran cornisa hacia la cara que escalamos. Sin cuerda ni material de hielo, no nos queda más remedio que bordearla en busca de un posible paso. Toni abre un surco bestial en una larga travesía, hasta llegar a la parte más estrecha de la cornisa o serac. Aquí nos echamos una hora para lograr hacer un agujero que nos deposita en la arista que conduce a nuestra primera cumbre. Cumbre virgen y sin nombre, de 5.880 metros. Estamos contentos.
     16 de junio. No duermo bien. Me despierto a menudo. Toni no se despierta porque no se queda dormido. En la media noche funciona el infernillo. Hacemos números en la pequeña tienda para introducirnos dentro de nuestros trajes de astronauta. Son las 03,00. Toca salir. El frío muerde la cara. Continúa la ascensión.
     Se acaba la arista, decrece el ritmo, aumenta el esfuerzo. A la nieve blanca la sucede el hielo costroso. Otra vez toma verticaliclad la pared. Los piolets se hincan con fuerza; en ellos deposito mi confianza. El miedo aumenta al pensar en la bajada, pero el cansancio me hace olvidar el futuro y me concentro en el presente. Hace ya tiempo que no noto el pie izquierdo, pero en esta pared no me puedo descalzar; tengo que seguir subiendo. Toni me dice que ve cerca la cumbre.
     Llegamos a la arista cimera. El sol ablandó mucho la nieve. A pocos metros de la cumbre, un gran serac que la bordea nos impide cumbrear el Biarchedi. Me quito la bota y compruebo mis temores: congelaciones en los dedos. Decidimos vivaquear. Me paso el resto del día dando masajes al pie.
     Toni pasa una de sus peores noches. Me deja su saco. Él duerme con la ropa de los dos puesta. Bueno, pasa una larga noche. Duermo a intervalos. Le oigo cantar, quejarse de sus ojos. Había escalado mucho tiempo sin gafas. Cuando amanece se va a hacer la gran cumbre. Se ha olvidado el martillo y no puede superar una rampa de hielo cristal. Allí se quedó la cosa, a unos metros de la cumbre.
     No hay tiempo de volver. Se hace tarde y el destrepe es una pasada. Lo del día anterior, pero a la inversa. Por suerte, al llegar a la arista localizamos una fácil bajada a la otra vertiente de la montaña, cayendo al pie del Masherbrum. Las piernas ya no tienen fuerzas para retener. Abajo no se acaba todo: hay que atravesar, cruzar y bordear un laberinto de grietas en dos glaciares. Saltamos grandes grietas -sólo por no dar un pequeño rodeo- y ya ni siquiera pensamos en la posibilidad de que cedieran los puentes o las grietas tapadas por la nieve, pues si pensamos en esa posibilidad nos quedamos en esa trampa a vivir. Llegando a nuestra tienda parecíamos dos autómatas que caminábamos porque nos han pasado de rosca al darnos cuerda.
     Dos días después decidimos hacer el último porteo. Pegándole caña nos llevará una semana. Como siempre, hay razones buenas para bajar.
     —Le viene bien a los pies: bajamos a menos altura, mandamos cartas, ¡y nos haremos unas filloas!
     —Sí, sí, mola bajar. Además viene mal tiempo y qué vamos a hacer aquí.
     —Hombre, el cuerpo se apalanca y eso es malo.
     Parece que ya nos hemos convencido para portear durante una semana. Decidido. Bajamos.
     En Urdukas llegaría el colmo de los problemas que acabaría de rematar esta loca aventura.
     Un trekking, un Oficial de enlace. Parece saber nuestra identidad y todo a nuestro respecto. Le decimos que somos miembros de una expedición. Nos pregunta el nombre del oficial. Nos hacemos el avión, pero no hay manera. Encima nos invita amablemente a tomar café (¡el muy cabronazo!) y nos dice que abajo nos espera la policía para meternos en la cárcel.
     Más adelante nos planteamos la situación. Toni no quiere saber nada de tener que acabar con algo que nos costó tanto esfuerzo, sabiendo que en la forma que estamos es hora ya de recoger los frutos.
     Lo intento convencer, pues veo que las cosas están muy negras.
     —Dicen que son cinco años sin volver.
     —¡Hostias! ¿Y los dos ingleses que cogieron el año anterior y aún están en el caldero, qué?
     Después de mucho opinar y maldecir, con mucho pesar decidimos irnos. Planeamos la retirada.
     —¿Crees que de noche pasaríamos los controles?
     —Puede que nos esperen. Tal vez a pleno día sea mejor.
     —Bueno, ¿y si nos vestimos de moros...?
     Esta última noche, contemplando los grandes del Karakorum, se hace triste para nosotros la despedida. Y no porque no los pudiéramos subir, si no por algo peor: porque unas leyes, unas gentes, la burocracia, no nos dejó siquiera intentarlos.


Expedición Karakorum '84
Resumen Técnico

Miembros: J. Antonio Martínez Novas y Joaquín Carril.
Nombre de la vía: "SUEÑO IMPOSIBLE"
Apertura: En la pared Noreste del pico Biarchedi. Cumbre Virgen. Situada en el Baltoro (Karakorum - Paquistán).
Sistema de ascenso: Alpino (sin cuerda)
Dificultad: Gran ruta glaciar. Media de 55° a 75°. Algún resalte. Hielo de diferentes calidades. (Pared de dificultad similar a la sur del Aconcagua)
Desnivel: 2.300 metros


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