Treinta y ocho horas en la vida de dos personas
PARED SUR DEL ACONCAGUA
ESTOS ARTÍCULOS LOS DEDICO A TODOS AQUELLOS QUE DIJERON "Y A DÓNDE VAN SIN PARAGUAS". AQUÍ LES DEJAMOS EL PARAGUAS Y, A PROPÓSITO, DECIRLES QUE NO SIEMPRE ES NECESARIO UN PARAGUAS PARA CAPEAR UN TEMPORAL


José Antonio MARTÍNEZ NOVAS


"MIGUEL, LLEGAMOS, ESTOY EN LA CRESTA" -le grito a Miguel, que viene unos metros atrás.
     En ese momento quisiera gritar... No soy capaz de exteriorizar la alegría. Nada sale de nuestras bocas. Todas nuestras ilusiones, dudas, esperanzas, quedan liberadas con un apretón de manos. Clic, clic. La cámara de nuevo comienza su letargo. Son las 16,15 del día 26 de febrero de 1983.
     Seguimos la cresta hasta encontrar la canaleta de la ruta normal -desde el comienzo de la ascensión nunca estuvo en nuestra mente subir a la cumbre; en nuestro ánimo no estaba el deseo de repetir cumbre, sino el de hacer la pared.
     A las 16,25 nos encontramos con la canaleta. La niebla lo cubre todo. De vez en cuando unos pequeños claros nos dejan entrever la cumbre; llegar a ella no supondría más de 15-20 minutos. En la canaleta, el viento sopla con mayor furia, tiene muy poca nieve. Nos quitamos los crampones y guardamos todo en las mochilas. Bajamos deprisa. Nuestros cuerpos son azotados sin piedad por el viento -su furia es mayor que otras veces-.
     No tardamos mucho en alcanzar Berlín-Plantamura -el viento nos abandonó en Independencia-. Es la primera vez que encuentro estos refugios sin ninguna persona. Eso sí, la huella queda, la basura lo invade todo. Da pena comprobar lo cerdos que somos. ¡Qué nos costará por lo menos juntarla y prenderle fuego!
     Seguimos camino a Plaza de Mulas, en nido de Condores (5.500 m). Nos cruzamos con dos milicos que suben en mula -Miguel charla con ellos-. A pesar del cansancio, nuestras ganas de llegar son muchas y bajamos como motos. Del collado Manso a Plaza de Mulas bajamos corriendo -el primero gana...-. A las 19,40 nos encontramos en Plaza de Mulas ("hogar, dulce hogar", nunca mejor dicho). Queda muy poca gente: aquí hubo aglomeraciones de más de cincuenta personas. Esto parecía una romería. Únicamente encontramos a un conocido -YUYO, un argentino que estuvo en enero en la Sur: se bajaron de 6.500 metros por causa del mal tiempo-. Hoy, él y dos más se han bajado de Berlín-Plantamura y nos comenta que nadie ha subido desde que nos fuimos, a causa del viento.
     Ahora, la pequeña cabaña nos cobija, cabaña en la que he pasado ratos inolvidables...
     "José Antonio: Soy tu tío Raimundo. Te vine a buscar porque hay un problema, así que vente para acá. Te esperamos. Tenemos órdenes de las autoridades de que bajes urgente.
     P.D.: Tu padre llamó dos o tres veces a mi casa."
     La nota que me entrega el arriero no podía ser menos animosa. Trae consigo dos mulas: una para mí, otra para el equipo.
     ... Nos encontramos durmiendo en Confluencia, con unos Yanquis que bajan de la Sur. Nosotros vamos camino de Plaza de Francia con el resto del equipo. Anteayer dejé una mochila en Plaza de Francia. Son las 8,45. Excepto Radford y yo, todos duermen. Terminamos de levantarnos y estamos preparando algo que tomar, cuando la llegada de un arriero...
     De nuevo, leo la nota. El mundo parece desmoronarse a mi alrededor. No puedo creer lo que mis ojos leen. No hace más de siete días que llamé a casa.
     "¿Qué pintarán las autoridades en todo esto?", pienso, riendo para mí.
     Despierto a Miguel. Le paso la nota. No comprende nada... Quedamos de acuerdo en dejar las mochilas en las tiendas del Trekking, que se encuentra más abajo, camino de Plaza de Francia. Monto en la mula. Los yanquis, despiertos por el barullo, no comprenden lo que pasa. Radford pregunta si llevo mucha prisa. Como ve que una mula marcha vacía, quieren aprovechar para bajar sus mochilas, ya que aún tienen que subir a Plaza de Francia a recoger lo que les quedó.
     —Baja andando, llegarás antes -dice Miguel, aún medio dormido.
     No lo pienso dos veces. Les dejo las mulas y salgo corriendo. El arriero queda un poco confuso.
     —"¿Qué puede pasar?" -es mi pregunta durante todo el trayecto. Trato de hacerme una idea. Por más que lo pienso no logro sacar nada en limpio. Todo son conjeturas. Pierdo casi todas las esperanzas. La Sur... No dejo de correr en todo el camino.
     "Quizás pueda solucionarlo por teléfono", pienso. Es mi pequeña esperanza. Un pequeño golpeteo perturba mis sienes.
     Los encuentro caminando cerca del puente. Abrazos, besos, alegría... Así se resume el encuentro.
     ¡SORPRESA! Todo ha sido un ardid para hacerme bajar. En casa no pasa nada.
     —¿Por qué? -les pregunto.
     "Con una simple nota, diciéndome que estabais aquí, hubiese bastado", les comento.
     También a ellos les había metido miedo. Por eso me mandaron esa nota: para que no dudase en bajar.
     "Su sobrino lleva mucho tiempo por arriba. Está apenado y le dio la locura de subir y bajar, sube y baja. Además tiene un catarro de pecho muy feo. Y no todo termina ahí: también le han robado la comida". Toda esta sarta de mentiras les habían contado.
     No me explicaba quién pudo inventarse tales cosas ni por qué. Les echaban la culpa a los gendarmes de Uspallata, donde habían preguntado.
     Días más tarde, en su casa, en Buenos Aires, nos enteraríamos de que todo había sido obra de Cruzate, uno de los que alquilan mulas. ¡Menuda prea!
     Ahora sí comprendíamos. Todo había sido una artimaña para asegurarse el alquiler de las mulas. Mis tíos se habían dado cuenta y no quisieron embarullar más la cosa, por eso le echaron la culpa a los gendarmes.
     Paso el resto del día con ellos en Uspallata. Vinieron de Buenos Aires expresamente para verme y han tardado diez días en localizarme. Quieren que me vaya con ellos. Aduzco cantidad de razones. No puedo dejar pasar esta oportunidad -buen tiempo, la pared en excelentes condiciones, etcétera-. Me ven muy ilusionado, así que no insisten más. Les prometo estar con ellos (Miguel y yo) en una semana, más o menos, si el tiempo no cambia.
     A media tarde -después de una de esas comidas que se echan de menos arriba- regresamos a Puente del Inca. Miguel ha bajado al mediodía. Presentaciones, etcétera, y la despedida. Regresan a Buenos Aires.
     De nuevo la ilusión revive en nosotros. Las nubes, como todas las tardes, siguen desfilando.
     —¿Cuánto tardará el mal tiempo? -es nuestra pregunta-. Lleva demasiados días buenos y el cambio de luna está próximo. Esperemos que no cambie antes -suponemos-. Tendremos buenos tres días más.
     Como hemos perdido un día -y nuestro plan era llegar hoy a Plaza de Francia, descansar mañana y entrarle pasado-, decidimos alquilar unas mulas para subir mañana el equipo que se encuentra en Confluencia. Así podremos seguir con el plan y entrarle pasado.
     Como adivinando nuestros propósitos, Ignacio -el guarda del Trekking- nos espera con sendas tazas de té. Pasamos la noche con él. Estamos bastante hechos polvo, así que es tocar saco y quedar sobados.
     El arriero ha quedado en pasar a primera hora, pero no aparece hasta las 12,30. Cargamos las mulas y partimos -este camino es mucho más llevadero que ir a Plaza de Mulas-. A la vez que nosotros, también sube un italiano con otras mulas. Va a sacar fotos. Sobre las 16 horas nos encontramos en Plaza de Francia. La tarde sigue la misma tónica que las anteriores, pero no hay muchas más nubes. El italiano se queda con nosotros a pasar la noche. Cena, preparativos, etc. Mañana queremos entrarle.
     Aquí, ahora, al pie de la pared. En mí, el temor, la inseguridad, desaparecen. No es mi técnica, mi física, ni tan siquiera los pequeños conocimientos que he adquirido lo que me da esa seguridad. Es..., es la propia montaña.
     Nuestro planteamiento es claro: subir lo más rápido posible. Así que una baza importante es el peso -muchos días en la pared nos mermarían tanto física como psíquicamente-. De acuerdo a esto, colocamos lo imprescindible en la mochila. No tardará en anochecer. El picoleto nos cuenta sus andanzas por la Patagonia. Al ruido de un alud, asomamos la cabeza. Es enorme; baja por la pared Sur de la cumbre Sur. La nube de nieve, consecuencia del choque, alcanza el monte de enfrente. ¡Es un alucine! Brrum, brrum. Sería la música de fondo durante varias horas. La noche queda bastante chunga. Esperamos que despeje más tarde.
     Dormimos a tirones. Consulto varias veces el reloj, hasta que a las 2,30 horas asomo la cabeza. No sé si me da pena o alegría. La verdad es que ya esperábamos algo así, y normalmente siempre se busca un pretexto para seguir durmiendo y dejarlo para el día siguiente. La noche está completamente tapada: en vez de mejorar, ha empeorado. Ninguna estrella asoma.
     —¡Eh! Esto está chunguísimo. A seguir dándole marcha al cuerpo -le comento a Miguel-. El picoleto también se ha despertado.
     Sobre las diez, el picoleto y yo nos encontramos fuera, preparando el desayuno. La mañana sigue igual.
     —"Ahora -seguro- unos cuantos días de mal tiempo. Maldita sea, si se pone a nevar nos chafa la pared" -pienso, mientras tomo algo.
     El día parece que se mantendrá, así que decido subir un poco, a ver si es lo que parece. Para haccrme la idea más real, llevaré la mochila tal como está. Miguel queda en el saco -echándole un mano a mano-. El picoleto, admirando el paisaje.
     Después de una caminata de 45 minutos, me encuentro al pie de la pared. El día anterior habíamos decidido subir por la parte izquierda del espolón, ya que subiríamos todo por nieve y no parecía tener peligro de aludes. Resulta tal como habíamos pensado y el hielo está en excelentes condiciones. La rampa en ningún momento pasa de 50°.
     Antes de alcanzar el final de la pala, diviso unas cuerdas fijas en la franja de roca marrón. Al rato me encuentro junto a ellas. Vienen de más abajo, todo por el espolón rocoso, donde me encuentro una repisa que corta el filo -en hora y media he alcanzado este punto-. Desde aquí diviso la tienda, pero no logro distinguir a nadie. Continúo ahora guiado por las cuerdas. Algo más arriba, un paso un poco obtuso me cierra el camino, no me atrevo a colgarme de las cuerdas -dan risa-, y con la mochila, sin asegurarme ni hostias, da un poco de reparo. Compruebo la verdad sobre la roca de la Sur, tierra, ¡sí!, muros de tierra, una verdadera mierda. Decididamente, bajo hasta la repisa y dejo la mochila y demás trastos.
     Una vez encaramado, con el paso no es tan jodido, pero la roca... Después de unos 200 metros de tierra me encuentro con una pala de hielo.
     —"¡Maldita sea; cuándo se me ocurrió dejar el piolet y los crampones! -pienso. La pala es de unos 50-55° y parece Ilegar al pie de las grandes torres. Desde aquí parecen estar muy cerca y es temprano: las 13,30 horas. Habría podido llegar hasta su base. Emprendo el camino de regreso. Este año la pared está supercargada de nieve, pero me da la impresión de que nos favorece mucho; el problema de la Sur es la roca tierra y un año seco... De nuevo en la repisa, cargo la mochila, calzo los crampones, y continúo el descenso. Después de unos cuantos pasos, me doy cuenta de que estoy haciendo el tonto: cargar ahora con la mochila y cuando suba, el mismo cuento. ¡NO! La bien parida se queda aquí los días que haga falta. Tal como presumía, el tiempo no se alteró.
     A las 15,20 me encuentro de nuevo en la tienda. Miguel sigue con el mano a mano y el picoleto ha emigrado. Preparamos algo de comer. Comento el recorrido.
     Como en mí es normal, siempre olvido llevar algo: esta vez el altímetro, así que no sé cuánto he subido. Pienso que no anduve muy lejos de los 5.200 m.
     Al igual que el día anterior, un pequeño zorro se acerca tímidamente a la tienda. Intentamos hacernos con su amistad, cosa que no logramos. Unos días más y quizás...
     En días anteriores, estando en Confluencia, un hecho para mí insólito ocurrió. Sentado, escribiendo unas notas, un pajarillo -uno de los muchos que hay por esta zona- se posa en mi mano durante unos segundos. Se queda contemplándome. De nuevo emprende el vuelo, para posarse ahora sobre la cabeza; al rato vuelve a la mano. Todo mi ser paralizado contempla al pajarillo. Me envuelve una gran satisfacción. De nuevo emprende el vuelo, esta vez para ver cómo se aleja.
     El tiempo sigue sin dar trazas de cambiar. Nos encontramos en los sacos, pasando el rato. El ruido de unos caballos rompe con nuestra monotonía.
     —¿Hay alguien aquí? -pregunta alguien.
     Es Alejandro, que trae el equipo de unos yanquis. Ellos vienen un poco más atrás. Le ayudamos a descargar las mulas. Al poco rato llega Tom, un yanqui que conocemos de Plaza de Mulas. Con él viene otro yanqui, también conocido, y un surafricano. Por cierto, la esposa del surafricano es la primera mujer que coronó el Fiz-Roy.
     Alejandro subió hasta aquí sólo por si queríamos que nos bajase algo -los arrieros suelen quedarse más abajo-. Se lo agradecemos y nos despedimos.
     Con gran alegría vemos que las nubes comienzan a despejar por el Oeste. Lo inesperado parece que va a ocurrir. Sólo, sólo, pedimos un día de buen tiempo, no más. Ayudamos a los nuevos residentes a instalar su tienda. Les mostramos a nuestro pequeño vecino, que deambula por los alrededores.
     De nuevo en nuestra tienda, volvemos a repasar el material, que estaba pensado para dos-tres días en la pared. Desechamos algunas cosas -mitad de la comida, tienda, esterillas, sacos-. Por suerte, casi todo lo que no llevé en la mía. Mentalmente, calculamos las horas que nos harían falta si la cosa marcha bien. En veintidós horas seguidas podremos subir. A cualquiera que no hiciese la Sur, e incluso a gran parte de los que la hicieron, les parecería ilógico este razonamiento, ya que normalmente se suelen emplear cinco días. El que menos, cuatro. Pero si uno se detiene a pensar, ¿por qué? La cosa queda clara -más tiempo: menor rendimiento y mayor peso-. Peso/rendimiento, peso/rendimiento. Ésa era nuestra lucha. Así, logramos quedar con dos cámaras fotográficas, una cuerda de 60 metros y 9 mm., botiquín, infiernillo, cacerolo, comida -sopas, infusiones y turrón-, una cantimplora de 1 litro con té preparado, material (5 cintas, 5 clavos de hielo, 3 amigos, 2 clavos de roca, descendedores, un par de puños, 14 mosquetones, 2 martillos-piolet, 2 piolets y crampones). Después de un corto debate decidimos también llevar un saco y una funda de vivac; más o menos, un total de 14-16 kilos.
     El tiempo parece querer echarnos una mano; está despejando a pasos agigantados. Los yanquis, que saben de nuestra forma de subir, por anteriores andanzas, se sienten interesados. Aún a temor de parecerles un poco presuntuoso, les comento nuestras intenciones. No dicen nada.
     —Bueno, pero no nos despertéis cuando os vayáis -dice Tom al final.
     Es normal que diga esto. En dos ocasiones les despertamos a las tantas de la mañana para dormir en su tienda. Supongo que se pasarán toda la noche mofándose de nosotros.
     Es la una. Asomo la cabeza.
     ¡Eh! Esto está alucinante. Todo estrellado, ni una puta nube -le comento a Miguel, que sigue enfundado en su saco.
     Salgo un poco más y me fijo en la cumbre. ¡Maldita sea! Era todo muy bonito para ser cierto. El hongo, el puto hongo, se encuentra ahí. Si se queda, es signo de tormentas, que suelen durar uno o varios días. Y, normalmente, la tormenta comienza por la tarde. Somos conscientes de ello; así y todo decidimos subir. Tenemos la esperanza de que se marche; aparte, nos hemos mentalizado para estos casos. En la normal, varias veces cuando las tormentas llevaban a todos a sus tiendas, los mendas subían. A la montaña se la gana con esfuerzo y voluntad, así que si la tormenta nos sorprende en la pared -suponemos- no habrá problema en bajar, ni pérdida. Sabemos que del campo superior este año se han retirado dos expediciones.
     He olvidado el frontal en la mochila, pero se ve perfectamente. La luna lo ilumina todo; sin mayor problema que cruzar algunas grietas, nos encontramos al comienzo de la pared.
     Nos calzamos los crampones. Nos ayuda bastante el conocer este tramo. Sin mochila se sube chachi. ¡Qué pena que no estuviese más arriba! Miguel viene un poco más atrás. Lo espero en la repisa, donde dejó la mochila.
     —Hay que apurar un poco más, llevamos unos cuarenta minutos de retraso. Así no Ilegamos -comento.
     —¿Pero tú qué quieres, subir como una moto o qué?. Y llévame algo, porque con esto no subo -contesta Miguel.
     Los comentarios quedan en eso. Me pasa algunas cosas, nos encordamos y de nuevo los pasos chachis, ¡y una mierda!...
     Recogemos la cuerda y continuamos, primero por la asquerosa tierra y de nuevo el hielo donde me volví ayer.
     Casi no intercambiamos palabra. Está amaneciendo. La pared, el ardiente amanecer, nos absorbe por completo. Se vislumbra un precioso día. Clic. La cámara se sacaba de su letargo.
     "¡Eh, el hongo se ha esfumado!". Chachi. Lo que esperábamos ha ocurrido.
     Son poco más de las siete. Estamos al comienzo de las grandes torres. Una larga línea de cuerdas nos señala el camino. A nuestra izquierda, una cascada de 90° surca las grandes torres. Dan ganas de pasar de las cuerdas -por cierto te los ponen de corbata- y experimentar la sensación de la verticalidad. El hielo parece bastante bueno. Pero como todo hijo de buena madre, uno termina yendo a lo cómodo, que en este caso son las cuerdas. Así, de nuevo nos encordarnos y seguimos las cuerdas.
     —¡Cuidado con las piedras, qué piensas que soy...!
     —No te jode con el tío... ¡qué quieres!
     —¡Procura tener un poco más de cuidado!
     —No sé qué es mejor, que estén o no estas cuerdas, si es que se las puede llamar así.
     —Oye, mejor monto aquí la reunión. Por arriba no parece haber lugar y quizás la cuerda corra mal.
     —Vale, chachi, ya estoy hasta los mismísimos de servir de blanco.
     Nos encontramos en la mitad de las grandes torres. No son más de cien metros de escalada de dificultad en roca, que sin las podridas cuerdas otro gallo cantaría. Unas dos horas más.
     —¡Oye, no eras el que no tirabas nada! Controla, tío.
     —Vale, vale.
     Una chimenea nos deja sobre un corredor de hielo -el que da nacimiento a la cascada que nos lleva al primer gran campo de nieve-. Son las 9,10 y las afamadas grandes torres quedan atrás. Al fondo, el Juncal, Plomo, Tupungato, inertes nos contemplan. El campo uno, que parecía corto, nos lleva lo suyo cruzarlo. Aquí también la nieve es buena.
     Son las 12. Nos encontramos al pie de la franja de roca arenisca; en la nieve hay unas repisas donde se suelen montar las tiendas. Aprovechamos para tomar un respiro y comer algo. Nos demoramos una hora.
     Reemprendemos la ascensión y de nuevo nos encordamos. Esta roca, comparada con la anterior, es un paraíso. Aquí también hay cuerdas fijas. Las usamos mucho menos que en la otra parte. También ponemos algún amigo por seguro. Después de unos cuatro largos de 60 metros nos encontramos al pie de la barrera de seracs.
     Nos habían aconsejado hacer una pequeña travesía a la derecha, después ascender en diagonal hacia la izquierda, hasta encontrar una grieta disimulada, que atraviesa la barrera. Guardamos la cuerda y seguimos la reseña. La pendiente comienza en 40° y termina en 55°. El hielo ya no es tan bueno, sobre todo donde toma mayor inclinación. De esta forma bordeamos un serac y nos colocamos encima suya -nos encontramos en mitad de la barrera, justamente en el filo-. Vemos una grieta. Dudamos si será, pero es la única que hay. La entrada es un poco jodida, pero el hielo, excelente. A mitad de recorrido, dejamos un sabroso recuerdo. Continuamos. La rampa no supera los 50°. Sin más novedad, nos encontramos al final de la grieta, que nos deposita en el segundo campo de nieve. No mostramos la alegría que tenemos. Las 17,10 y hemos superado dos de los puntos claves de la pared. Esta parte era la que mayores recelos nos infundía. Ahora, una vez superada, no encontramos mayores problemas. Se ve perfectamente la parte final que abrió Messner. Sin lugar a dudas, es la ruta más lógica, y pienso que también la más fácil.
     De vez en cuando, como empujado por un resorte, fijo la vista en la Sur de la Sur. Desde abajo no me parecía tanta cosa. Ahora visto desde aquí, recobra su verdadera dimensión. Tiene una parte central. ¡Uf! Ésta es una de esas paredes que se suben con la cabeza.
     En este campo la falta de pendiente, en vez de facilitar las cosas, nos perjudica. La nieve está muy blanda y caminamos lentamente. Los yanquis que nos precedieron tardaron un día en cruzarlo. A pesar de ser seis y alternarse en cabeza, por contraposición se encontraron con que la nieve les Ilegaba a los mismísimos...
     Son las 18,25. Nos encontramos en la mitad del campo. Nuestra intenci6n, en vista del buen tiempo, era dormir en la rimaya de la rampa final, al término del campo de nieve. ¡En dos horas, al paso que vamos, alcanzaríamos ese punto, pero nos encontramos frente a una pequeña barrera de seracs y con un lugar donde dormir! Nuestro cuerpo puede más que nuestra mente y nos dejamos embaucar por él.
     Una grieta debajo de un serac: será nuestra morada. Preparamos un poco el lugar. Las mochilas, cubrebotas, guantes, etcétera, nos sirven de colchón. Después de tomar algo, nos introducimos en el saco -bueno uno en el saco y otro en la funda-. Miguel me pasa su chaqueta para los pies. Paso media noche tiritando y, la otra media, el sueño vence al frío.
     Fuera hace frío. No tenemos ninguna prisa por levantarnos. Las 7, 7,30, 8, 8,30, 9. Bueno, ya está bien de gandulear.
     Tomamos algo caliente y salimos de nuestra madriguera. Las nubes lo cubren todo y un fuerte viento azota nuestros cuerpos. Tenemos que darnos prisa si queremos salir. Los seracs nos bloquean el paso. Una de dos, o subimos un pequeño serac de 3 metros más 90° (¿cómo aperitivo no está mal, eh?) o retrocedemos unos cientos de metros y bordeamos la barrera. Nos decidimos por lo primero. ¡Fostiados, quedamos fostiados!
     Nuestros pies aún no han reaccionado, nos duelen -seguirían la misma tónica durante unas horas-. Sobre las 10 horas, nos encontramos al pie de la rampa. La grieta de la rimaya la cruzamos por un puente. La rampa de unos 55° termina en una protuberancia de rocas, que es surcada por varios corredores.
     En la roca, de nuevo nos encordamos y ascendemos durante dos largos por una zona mixta -donde la roca seguía la misma tónica-, hasta encontrarnos con la pala que sube hacia el serac colgante. Estoy hecho polvo. La cuerda, en vez de recogerla, la llevo arrastrando. Son dos kilos menos que cargan mis hombros. Subimos mucho más lentos que ayer, a pesar de estar bien aclimatados. La altura se hace notar. El viento sigue castigando sin piedad nuestros cuerpos. La niebla lo tapa todo. Cada diez pasos nos paramos. El hielo tampoco está todo lo bien que se puede desear. Ascendemos muy lentamente.
     El tiempo parece querer empeorar. Son las 14,30 horas. Ésta suele ser la hora de comienzo de tormentas. Suponemos que nos falta poco; estamos bordeando el serac gigante por la derecha. Aquí la pendiente se pone un poco más brava, sobre 65°. Una vez encima, pierde inclinación.
     —Estoy hasta los... de cargar con la cuerda -protesto.
     Se la paso a Miguel, que la recoge y la mete en su mochila. De la niebla, más arriba, aflora un promontorio de rocas.
     —¿Será la cresta del Guanaco? -es nuestra pregunta.
     Cuando llegamos a su comienzo, me parece que aún no puede ser. Subimos por unos corredores que la surcan.
     —Pasa adelante -dice Miguel, que camina delante.
     No subo ni diez metros, cuando sin contarlo me encuentro al final de la pared. Encima de la cresta, un fuerte viento nos da la bienvenida...
          —¡MIGUEL, LLEGAMOS. ESTOY EN LA CRESTA! -le grito a Miguel, que viene unos metros más atrás.


Ahora voy a seguir a los vientos torbellinos.
Los seguiré por saber
en qué cueva se encuentran
desde que el sol se ha escondido
.

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