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| Domingo, 14/09/97 |
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Un año cuesta arriba
Dos hermanos gallegos quieren subir a los 17 picos más altos del mundo en sólo 12 meses
PRIMITIVO CARBAJO
En Porriño, su pueblo, los conocen por los "irmáns biónicos", los hermanos biónicos. Toni tiene 39 años, y Jesús 32; ambos miden 1.63 metros, y, en esta estatura, de la cabeza a los pies, meten la energía de los mejores deportistas de élite, que ellos roban en parte a las montañas que escalan. Han atravesado desiertos, se han asomado por los aleros del Everest y van creando un rastro de records chocantes, como subir y bajar del Aconcagua en un día utilizando zapatillas deportivas. "Queremos desmitificar un poco las grandes montañas: no se puede ir a ellas como hace 50 años", afirman.
Adalides de un nuevo concepto de escalada, más ascético y coherente con el desarrollo histórico del alpinismo y de las tecnologías, se han puesto la insólita meta de hacer cumbre en los 14 picos más altos del mundo -todos en el Himalaya- en el plazo de un año.
José Antonio y Jesús Martínez Novas prevén abrir el próximo día 20 su cuenta de ochomiles en la cumbre del Dhaulagiri (8.172 metros). Hasta ahora, sólo cinco escaladores han coronado esos 14 picos del Himalaya, repartidos entre Nepal y Paquistán. Algunos dedicaron a ello toda su vida deportiva. Jerzy Kukuczka inscribió la mejor marca al hacer las 14 cumbres en ocho años. Los irmáns biónicos de Porriño no ven "ni el menor asomo de machada" en su tentativa de lograrlo en un año. "La dificultud es más aparente que real", afirma Toni. Ellos, de entrada, juegan con su facilidad pasmosa para la aclimatación.
A partir de los 5.000 metros de altitud el organismo humano empieza a perder actividad por la falta de oxígeno. Los hermanos Martínez Novas practican un sistema de escalada rápida orientada a permanecer sólo el tiempo imprescindible sobre esa altura. "El concepto clásico de gran ascensión, con campamentos de aprovisionamiento, obliga a progresar con lentitud, de manera que cuando se está en condiciones de atacar la cumbre ya se lleva varios días sometido a la progresiva debilidad física que ocasiona la altura", explican.
El cuerpo, entonces, pierde casi dos litros diarios de agua; y la sangre, millones de glóbulos rojos, lo que da paso a las cefaleas, los mareos y a un malestar general que merma las posibilidades de llegar a la cumbre. "Desde la pasada década se viene demostrando que es preferible ir más deprisa", añaden, "llevar un equipo reducido, hacer cumbre en poco tiempo y regresar rápidamente a baja altura para que el cuerpo se recupere, evitándole el desgaste de una estancia prolongada en altitud".
Esta táctica la están aplicando ahora mismo en el Dhaulagiri, en torno a la cota de los 6.000 metros, como método de aclimatación. Además, este concepto de escalada se ve favorecido por los avances técnicos, tanto en los equipos, que incorporan nuevos materiales más resistentes, más aislantes y ligeros, como en los aspectos de preparación física. Los hermanos Martínez Novas suben y bajan más deprisa que cualquiera y utilizan esta facilidad como baza decisiva en su aclimatación.
El doctor Fernando Huelin, que ha vigilado su preparación en el Centro Galego de Tecnificación Deportiva de Pontevedra, equipara sus condiciones físicas "con niveles de un ciclista de élite". "Son unos superdotados", afirma.
Toni mide medio milímetro más que su hermano: ambos pesan 55 kilos y, en reposo, viven con 55 y 53 pulsaciones por minuto, que llevan a una frecuencia de 190 y 202 pulsaciones, respectivamente, en situación de máximo esfuerzo a nivel del mar. Sus consumos de oxígeno se sitúan en los 60 mililitros por minuto y kilogramo de peso, lo que casi duplica la capacidad de una persona sedentaria (35 mililitros). Pueden desenvolverse fácilmente llevando a la espalda un peso equivalente al 50-60% de su peso, es decir, mochilas de 30 kilos. "Pero lo más portentoso es su cabeza, que puede más que nada", concluye el doctor Huelin.
Los hermanos Martínez Novas han ascendido en varias ocasiones al Aconcagua (6.959 metros). En 1983 establecieron un récord mundial al hacerlo en 38 horas por su pared sur -nadie lo había logrado en menos de cuatro días-, y en 1987 otro, al coronarlo por la ruta normal y con zapatillas deportivas en 6 horas y 45 minutos desde el campo base. También en 1983 atravesaron en moto 2.000 kilómetros del desierto del Sáhara para escalar en la zona del Assekremm.
En 1984 tuvieron su primer contacto con el Himalaya, abriendo una ruta de alta dificultad en el Biarchedi (6.759 metros). Ese mismo año, Toni, en la aguja del Dru, en los Alpes franceses, fue alcanzado por un rayo.
Hacía tan buen tiempo que decidió quedarse a dormir en la cumbre con dos alpinistas franceses. A media noche, les sorprendió una tormenta. "Parecía casi que llovieran rayos e intentamos aislarnos por todos los medios. Pero una chispa nos alcanzó. Yo tenía la sensación de estar carbonizado, no podía moverme del cuello para abajo. Fue horrible. Entonces, para ahorrar sufrimientos, animé a los otros a tirarnos por el precipicio. Afortunadamente no me hicieron caso".
Aguantaron el resto de la noche en la cima, y al día siguiente un helicóptero los divisó y los rescató. Toni fue recuperando la movilidad. Los médicos del hospital medían la radiactividad de su cuerpo y no daban crédito a su supervivencia, que les parecía imposible. También le aseguraron que en adelante no podría hacer grandes esfuerzos, porque el rayo le había dejado el corazón herido. Como única secuela, conserva en pecho y espalda las cicatrices que le dejó el rayo, presuntamente al entrar y salir. "Primero tenían forma de estrella, ahora se han redondeado".
El Annapurna (8.078 metros), segunda etapa de su próxima aventura, se les hizo insalvable en 1985 "por el mal tiempo y la carencia de medios". Ese mismo año, se embarcaron en una expedición ciclomontañera para escalar los principales nevados andinos a lo largo de 3.500 kilómetros, entre Lima y Santiago de Chile, incluidos los 1.300 kilometros del desierto de Atacama, el más seco del mundo.
Al proyecto Galicia. Desafío 8.000, denominación oficial de su actual reto, vienen dándole vueltas desde hace cuatro años. El problema fundamental era la financiación, casi 100 millones de pesetas, de los que un tercio se va directamente en los permisos de escalada. Ellos, casados y con cinco hijos en total, viven de una empresa familiar de construcción y no están para alardes financieros. En la Xunta les dijeron que asumían su proyecto: "si subís a un ochomil".
Fue entonces cuando volvieron al Aconcagua calzando zapatos de tenis -un fabricante coruñés realiza unas botas diseñadas por ellos, a medio camino entre la rígida bota de montaña y la flexible zapatilla deportiva-, y luego asaltaron el Everest. Toni tuvo que abandonar en el último momento, pero Jesús alcanzó la cumbre el 23 de mayo del año pasado.
Gran expectación
Un temporal recio segó por esas fechas, en el mismo Everest, la vida de nueve montañeros y barrió la tienda que ambos hermanos habían montado a 800 metros de la cima. Jesús, como consecuencia, no pudo contar con el equipo más indicado para la última etapa. "La primera vez que ataqué la cima no me aguantó el cuerpo; las tres siguientes me hizo dar la vuelta el mal tiempo". Lo consiguió a la quinta intentona, después de 11 horas: "Momento en que te cuesta respirar y te sientes extraordinariamente cansado", dice. Permaneció 10 minutos en la cumbre. La gesta les abrió las arcas públicas para financiar su actual proyecto.
"Tenemos que buscar en nuestro interior la manera de aprovechar la fuerza que transmite la montaña", reflexionan. "Y tampoco pasa nada si no conseguimos todos los picos, esto no es la Carrera de los Catorce Ochomiles. Nos basta con desmitificar un poco las grandes montañas", señalan, convencidos de que el futuro del alpinismo está en las expediciones ligeras que abanderan. "Además, generan menos basura", concluyen.
El reto de los hermanos Martínez Novas ha suscitado una expectación extraordinaria en el montañismo español, donde han empezado a cruzarse las apuestas sobre sus resultados. No porque se dude de la capacidad física y deportiva de los porriñeses, sino porque "en dos semanas hay que llegar, hay que estar fuerte y encontrar buen tiempo. Y eso, catorce veces". La meteorología, por tanto, más que las cuestiones técnicas, tendrá la última palabra.
"Una cosa es lo que tenemos previsto; y otra, ciertamente, la realidad que imponga cada momento", dicen. "No va a ser fácil, pero, si no se intenta, tampoco se sabrá lo que es posible".
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