Anuario 1985


Expediciones 1985: ANDES
EL INCA Y EL GAUCHO


José Antonio MARTÍNEZ NOVAS


El día previsto para nuestra marcha, el 22 de junio, quedó atrás.
     A uno de los miembros de la expedición, que se encuentra realizando el servicio militar, le han denegado el permiso de salida.
     Además, los días han ido transcurriendo sin que solucionemos la financiación. No sabemos qué hacer. A mediados de julio decidimos darle una solución al problema. Los compromisos contraídos con algunas casas y entidades nos obligan a llevar la movida adelante de algún modo. Además, la temporada óptima en la Cordillera Blanca (mayo-julio) está finalizando. Aún tenemos la esperanza de que en agosto suele hacer buen tiempo.
     El dinero de que disponemos solamente alcanza para que marchemos dos. Los otros dos (Quino y Finuco) se quedarán e intentarán cobrar la subvención que tenemos en la Xunta de Galicia, para reunirse más tarde con nosotros.
     Así, con más de un mes de retraso, Pichu y yo damos comienzo a esta aventura que habíamos plasmado cinco personas en un trozo de papel.
     A mediodía del cinco de agosto, en una de esas furgonetas que llevan gente a ver las lagunas, llegamos al control de entrada del Parque del Huascaran. Hemos oído muchas historias acerca de los palos que aquí suelen dar. Pero con 2.000 soles (200 ptas) solucionamos la papeleta, con la diplomacia que confiere el tomar los boletos sin desprender una palabra. Pasamos como peruanos.
     Con el desgaste de las ruedas como disculpa, el conductor de la furgoneta, que se había comprometido a llevarnos a Cebollapampa, nos deja allí con el mogollón de petates. Rápidas tomas de contacto con una camioneta que por allí hay y, poco después, ya nos encontramos en compañía del guarda de un grupo catalán de Mataró.
     Al día siguiente nos encaminamos al Pisco (queremos aclimatarnos bien, para después hacer algo menos fácil). Las primeras vicuñas, vizcachas y, ¡cómo no!, los primeros sudores. ¡Maldito camino! Es más pesado que un día sin pan. Después de cuatro o cinco horas, en las que nos cruzamos con gentes que bajan y otras que suben, llegamos al campo uno, al pie del glaciar. ¡Sorpresa!
     —Oye, Pichu, ¿metiste tú la cocinilla? -le pregunto, sosteniendo en la mano el cartucho de butano.
     —¿No quedaste en meterla tú?
     —Pues me parece que tendremos que hacer ayuno forzoso -le respondo después de vaciar por entero mi mochila.
     (Comentarios inenarrables de Pichu, que comienza a notar los síntomas de la altura).
     El despunte del nuevo día nos sorprende caminando por las nieves perpetuas. Pronto encontramos una estela, que horas más tarde nos deposita muy cercanos a la cumbre.
     Pega un solarón que no es normal. Y digo pega porque parece que te esté dando tortas.
     Poco antes de llegar al collado del Huandoy-Pisco, en uno de los rellanos, dejamos casi todo y, con un bastón de esquí y en manga corta, continuamos el sudoroso caminar.
     La cosa está fácil. A pesar de nuestros escandalosos estómagos -que se desgañitan protestando- cuatro horas más tarde estamos en el último resalte, a tan sólo seis de desnivel de la cumbre. Aquí nuestra carrera es frenada por una grieta. Pensamos en los piolets que hemos dejado abajo.
     Nuestro sentido común -que a veces se da un voltio por nuestras cabezas- nos hace girar en redondo. Destrepamos el resalte y emprendemos un loco descenso. Una hora más tarde estamos en el campo recogiéndolo todo.
     Horas más tarde, con Hilario, damos rienda suelta a nuestras ansias: comer, comer... Dormir.


El Chopicalqui
     Por la tarde, el campamento se pone a rebosar. Primero llegan dos murcianos que piensan ir al Pisco y después al Chopicalqui. Más tarde, desbordando alegría, llegan los catalanes, que han conseguido la cumbre del Chupi, como ellos llaman al Chopicalqui.
     El calorcillo de la fogata acompaña nuestras conversaciones, anunciando el ocaso. Entre sueños confusos, alguien me dice que el miedo es nuestra limitación y que la carencia absoluta de él nos llevaría a realizar cualquier cosa que nos propusiésemos. Con este sueño saludo el alba de otro día, que asoma en un firmamento entre claros y nubes.
     Ayer quedamos en ir al Chopicalqui. Con las reseñas de los catalanes en la mente, a las once y media nos ponemos en camino.
     Entre comentarios, lluvia y, ¡cómo no!, cansancio, a las tres nos encontramos en el campo uno, al comienzo del glaciar.
     Esta vez venimos supermontados, incluso traemos una pequeña tienda de 800 gramos de peso, que nos ha preparado Dayfer.
     Al poco tiempo de instalar la tienda comienza a nevar. Con esta desesperanzadora perspectiva se nos echa la noche encima.
     Intento conciliar el sueño para evitar las dudas que me asaltan, pero Pichu está peor que yo y me desbarata con multitud de preguntas, que en su mayoría respondo con un "Mañana veremos".
     A las seis nos ponemos en camino y, dos horas más tarde, nos encontramos en el collado Chopicalqui-Huascaran, algo más arriba de donde se suele instalar el campo dos. Hasta aquí hemos sido guiados por las huellas de nuestros antecesores.
     Continuamos por los campos de nieve de la arista, enterrándonos hasta las rodillas. En la lejanía, provenientes del Este, observamos las nubes, en un lento desplazarse hacia nosotros. Seracs, huellas que nuevamente nos señalan la ruta y nubes que ya no quieren esperar más... Rampas más verticales, donde hincamos con ganas piolet y bastón -rutina de un lento ascender-. Una grieta que bordear y que superar. Otra rampa que muere en la niebla. En mi mente, pronto se forma la idea de cumbre... Desengaño: un rellano oculta la proximidad de la rampa. Ascendemos entre nubes, perdiendo la noción de la distancia. A las 11,45, mente y cuerpo transforman, por unos momentos, ese cansancio en placer y alegría de cumbre.
     Exhaustos, después de un rápido descenso de tres horas, en el que en varias ocasiones perdemos la estela guiadora, alcanzamos el campo uno. Nos alegramos de vernos libres del acoso de las nubes.


Rescate en el Chacraraju
     El día siguiente decidimos dedicarlo al descanso, pero un imprevisto rescate de un australiano, accidentado en el Chacraraju, hace que nuestra atención se vuelque en su ayuda.
     Con la idea de llegar lo antes posible a su lado, para acompañarle en estos momentos de penuria y hacerle saber que un grupo de personas vienen en su ayuda, abandono el campamento. Su compañero ha tardado 4 horas en llegar a nuestro lado y faltan 6 horas para que anochezca. Camino rápido, obsesionado con la idea de llegar lo antes posible, pues anteriormente he pasado por los momentos que él está teniendo y sé que esos momentos de soledad hacen intranscurrible el tiempo. Lo encuentro a las cuatro y veinte, al pie del corredor Jaegger (5.500 m) envuelto en dos sacos, dentro de un pequeño hoyo.
     La preocupaci6n que siente por sus cosas, desperdigadas por arriba, me hace intuir que su estado de conciencia es bueno, aunque su cuerpo se encuentra fracturado por todos lados. Apenas se puede mover: le ayudo a introducirse un poco más en los sacos, entre exclamaciones de dolor.
     Ya de noche llegan los catalanes. Uno de ellos es médico, y le entablilla las piernas, le ausculta y le administra calmantes para poder bajarlo.
     Lo colocamos de la mejor forma que podemos entre esterillas y mochilas, haciendo una especie de paquete que arrastraremos durante unas cuantas horas por el glaciar. A las once alcanzamos la base del glaciar sin que los arrieros, que habían quedado en venir con nuestros sacos de dormir, hayan dado muestras de vida.
     Mientras dos se quedan con el herido (les aguarda una de esas noches en vela), nosotros continuamos camino de las cabañas, para ver si los arrieros se encuentran allí. Aquí también es total la ausencia de personas. Incitados por un techo y un tullido piso de paja decidimos acomodarnos para pasar la noche lo mejor posible. A poco de apalancar los cuerpos, llegan los arrieros, pero nuestros sacos y comida brillan por su ausencia.
     Con el alba se ponen en camino. Nosotros nos apalancamos al sol para ahuyentar el frío de nuestros entumecidos cuerpos. A media mañana regresan con el herido.


El Alpamayo
     Son cerca de las cuatro de la tarde cuando marchamos hacia el Huascaran. Pichu camina bien. Yo le sigo, sacando fuerzas de mi flaqueza. Más allá de la mitad del camino, la carencia de agua en las cercanías y el cansancio, tanto corporal como psíquico, me llevan a comentarle a Pichu la idea que ronda en mi mente desde hace un buen rato: retrasar la ascensión un día.
     "Como veas", es su respuesta. Más tarde añade: "¿Qué te parece si vamos al Alpamayo?".
     Al día siguiente nos encontramos en el Alpamayo. Allí, dos catalanes que bajan de esta montaña, nos ponen en antecedentes sobre las diferentes rutas. El retorno del arriero y nuestra marcha al campo uno dejan nuevamente el paraje en absoluta soledad.
     Después de superar una de esas cuestorronas donde se suelen dejar los boches, montamos el vivac. Vivac incómodo, debido a que sólo hemos traído un saco.
     —Pichu, son las dos. ¿Qué hacemos?
     Por toda contestación recibo un medio ronquido. Mis pocas ganas de levantarme hacen que no vuelva a insistir.
     Finalmente, pasadas las cuatro, desalojamos el nido y preparamos algo para caldear nuestros estómagos.
     Más tarde, a mitad de camino del collado, en el comienzo del Alba, el malestar de uno y las ansias del otro llevan a Pichu de regreso y a mí, en una alocada carrera, a la cumbre del Kitaraju, a la que llego a las nueve de la mañana. En esa cumbre, una casi perfecta comunión con mi entorno se vuelve en un alud de preguntas a mi otra persona.
     Con la pared Oeste del Alpamayo aún dominada por la sombra, me encuentro de regreso en el collado (donde se instala el campo dos), dudando entre subirlo o bajar.
     Pensando en la ilusi6n que tiene Pichu por subir al Alpamayo, y viendo que el buen tiempo se mantiene, decido dejar la mochila y demás arrestos aquí y bajar al campo base. Una hora más tarde estoy en él.
     Pichu me comenta que ha llorado de rabia por la impotencia de esta mañana.
     El despertar del día siguiente es acompañado por las nubes, nubes que ocultan los montes vecinos a partir de los 5.500 metros. Estas nubes entorpecen nuestros pensamientos, dando lugar a la duda.
     Pero tenemos ganas de subir y pensamos que el mal tiernpo no debe llegar hasta el mediodía. En una hora estamos en el campo I; dos horas después, en el II. Envueltos en las nubes, recogemos las mochilas, en las que metemos unas estacas que hay por allí esparcidas. Comenzamos la ruta Ferrari (ruta normal de esta cara), orientados por una estela de huellas que nos depositan en la grieta de la rimaya, al pie de un corredor que se va estrechando a medida que vamos ascendiendo.
     Al tiempo que ascendemos, entre estaca y estaca que se encuentran colocadas, ponemos otra para acortar los rapeles, ya que sólo disponemos de un cordino de 5 mm. y de 50 metros. Aunque vamos desencordados, esta tarea nos lleva más tiempo que si fuésemos realizando reuniones, por lo que no alcanzamos la cumbre hasta las 12,30.
     Desilusionados, porque la corta visibilidad no nos deja ver más allá de nuestras narices, emprendemos con prontitud los rapeles, encontrándonos a las cuatro y veinte de la tarde en el punto de partida.
     Unos días más tarde, con los últimos retazos de la tormenta, regresamos al Base del Huascaran. Al día siguiente, castigados por el implacable calor, realizamos un porteo hasta la base de la pared, hasta cerca del lugar en donde comienza la ruta Paragot. De vez en cuando el Huascaran se sacude el manto de nieve caído durante estos días.
     A medida que nos acercamos a la pared, perdemos temor y afirmamos nuestra confianza.
     Al día siguiente, un amanecer con el firmarnento limpio disipa toda duda y nos invita a seguir adelante.
     Al comienzo de la pared rehacemos el petate, introduciendo todo lo que no llevamos puesto en éste. Nos aseguramos con una cuerda de 9 mm. de 80 metros, y arrastraremos un cordino estático de 8 mm., que usaremos para izar el petate. Comenzamos la ascensión superando una barrera de seracs de unos 50 metros y la grieta de la rimaya. Continuamos luego por una pequeña rampa de nieve, que 60 metros más arriba muere ante un muro de roca.
     El petate es un verdadero muermo. A pesar de izarlo mediante una polea simple, pronto mis manos se ven acosadas por las llagas.
     Comienzan los largos de roca y aquí la cosa se complica: el petate se atora igual que el cordino estático, que además se enreda. Pronto llegamos a la conclusión de dejarlo en el primer vivac que realicemos y continuar con las mochilas a la espalda.
     Enfrascados en estos menesteres no advertimos que multitud de nubes ocupan el firmamento y comienzan a cubrir los montes más elevados. Momentos después nos vemos envueltos en el fragor de una tormenta eléctrica: nieve y rayos, que no vemos pero que sentimos, acompañan nuestra retirada a un lugar seguro.
     Dejamos los hierros en la reunión, fijamos una cuerda y descendemos a un helero, donde, en cosa de unos minutos, hacemos una pequeña repisa para montar un vivac.
     Nos metemos en el saco con todo lo puesto.
     Amanecemos envueltos en una densa capa de nubes. Suponiendo que esto va a ponerse peor, recuperamos todo y damos comienzo a una serie de rapeles que algo más tarde nos depositarán en el glaciar.
     ... Cuatro días más tarde, con los ánimos minados por la persistencia de la tormenta, que ha ido a más, decidimos desmantelar el base. Con algunas vivencias más en el bolsillo y un deje de tristeza en nosotros, a media noche una camioneta carga todos nuestros trastos, y, por cuarta vez, pasamos el tan temido control del Parque, acompañados por el ladrido de un perro.
     Atrás queda el sinsabor de unas ilusiones que no se hicieron realidad, pero pronto se ven desplazadas por el entusiasmo de continuar esta aventura que hemos comenzado.
     Tres mil quinientos kilómetros de gentes, tierra y firmamento, que recorreremos en bicicleta, nos esperan. También nos espera el Aconcagua. Pero todas estas vivencias, con alegrías y momentos de penurias, que en alguna ocasión nos llevaron a empeñar nuestras cámaras fotográficas, son pan para otra historia.


Volver al índice de reseñas de prensa
© Copyright 1999, Equipo Desafío 8.000.
Reservados todos los derechos.
Sitio diseñado por Canal Dous Multimedia.
Contactar
Créditos
inicio proyecto top proyecto expedición tecnología agenda galería prensa patrocinadores productos about om om om izq der top