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| No.7 Septiembre/Octubre 1983 |
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PEQUEÑA AVENTURA EN EL KARAKORUM
José Antonio MARTÍNEZ NOVAS
...el ruido de unas pequeñas gotas sobre la tienda sorprende nuestro despertar, ruido que cesa al poco de comenzar. Sentimos pereza para levantarnos y hasta las seis no abandonamos los sacos. El azul firmamento de otros días se ve hoy desplazado por un grisáceo manto de nubes.
Después de nuestro acostumbrado desayuno (té con leche y corn flakes), nos encaminamos en busca de las otras mochilas; en hora y media alcanzamos el lugar donde se encuentran y, sin más tiempo que el que supone cargarlas, emprendemos el regreso. Aislados copos acompañan nuestro caminar. Poco antes de alcanzar nuestra tienda somos sorprendidos por una copiosa nevada. Apresuradamente nos introducimos en la tienda, en espera de que finalice esta madrugadora nevada. Son las diez treinta y Quino aprovecha para echar una cabezadita. Mientras tanto, ha finalizado de nevar y aprovecho para acondicionar la entrada de la tienda.
Algunos claros alternan con las muchas nubes y hasta nosotros llegan los destellos del sol. Pero por poco tiempo, ya que de nuevo comienza a nevar. Aprovechamos para cocinar.
En el atardecer nuevos claros, ahora más numerosos, alternan con nubes más blancas y menos densas.
Y de nuevo el entrecortado ruido del anterior atardecer se deja oír por momentos: ¿será el rugir de una tormenta?
De esta forma, pasamos la casi totalidad del día en el interior de la tienda, entre la duda de una tormenta y la esperanza por la continuidad del buen tiempo. La cocinilla, que no termina de funcionar bien, sigue dándonos la lata y derramando cantidad del preciado combustible.
En el anochecer, después de tomarnos un té molon nos asomamos fuera y, ante nuestra sorpresa y alegría, vemos cómo aflora un azul firmamento, salvo aisladas nubecillas que continúan su camino.
Una vez dentro del saco, iniciamos una corta charla, hasta que nos quedamos dormidos. Por la mañana, entre sueños, oigo el ruido de la nieve que golpea la tienda. No me molesto a mirar la hora; después de los porteos de los anteriores días, hemos decidido un día de pleno relax. Medio adormilado, veo que Quino se levanta; sin mayor importancia continúo dormitando, sin llegar a dormir tal como quisiera.
Me resisto a levantarme, pero no logro conciliar el sueño; al final, las ganas de mear acaban por echarme fuera del saco. Un fino manto blanco cubre el suelo; ahora ha parado de nevar y entre la espesa capa de nubes se deja entrever algún claro. Un suculento y vasto desayuno dulcifica este agrio despertar.
...coser y coser; durante toda la mañana, en el interior de la pequeña tienda, una postura sucede a la otra para intentar estar un poco más cómodos. Y la mañana continúa entre ocasionales pequeñas nevadas y algunos aislados claros, donde en contadas ocasiones asoma el sol durante unos momentos.
En estos días de inactividad es cuando más medito, y por mi mente desfilan pensares sobre la gente de allá. A pesar de ello muy pocas cosas echo de menos; quizá lo que más echo en falta son las noticias, el saber cómo se encuentran. Creo que con este problema solucionado todo sería más fácil y llevadero. Ahora me asaltan las dudas.
Llevamos por aquí mes y medio y no hemos cumbreado ningún monte; el mal tiempo y los dichosos porteos han ayudado a ello. Intentamos mantener alta la moral con la excusa de que aún nos quedan casi dos meses, en los que suele presentarse un tiempo mejor. De seguir así, mañana tenemos pensado bajar en busca del último porteo de comida que tenemos escondida en el Garari (sesenta kilómetros nos separan de ese lugar).
La temperatura aquí en el Glaciar de Baltoro, a 4.300 metros, es agradable, más bien tirando a caliente, a pesar de que las nubes se interponen en el camino del sol.
Son las diecisiete horas y, salvo algunas ocasionales salidas, hemos pasado todo el día metidos en la tienda. Quino se encuentra dormitando con ronquidos la pesada comida.
Me asomo fuera y, al igual que ayer, grandes claros parecen querer tomar el lugar de las nubes. El trinar de unos pajarillos acompaña el atardecer. Como siempre, estamos desconcertados con el tiempo y no sabemos si esto señala la llegada del mal tiempo o...
Es ya de noche, las veinte horas, y de nuevo me asomo para ver cómo queda la noche. Me da la impresión de que de nuevo las nubes comienzan a cubrirlo todo, ya que no logro distinguir la luna. Ayer parecía que hoy llegaría a llena, o poco menos.
Más tarde, Quino sale a mear y vislumbra un limpio firmamento, donde la ya redondeada luna ilumina las tinieblas.
Parece que ya es de día, y no oigo el ruido de los copos deshacerse contra la tienda; sin embargo, no me hago muchas ilusiones. Siento que Quino sale fuera y, sin entreabrir los ojos, continúo en el saco. Una hermosa y reluciente mañana le saluda.
Hoy no bajaremos. Cambio de planes: prepararemos las mochilas para ascender al monte.
Sin prisas, desayunamos y nos preparamos unos cuantos deliciosos parantas (harina de trigo amasada y frita en aceite) para celebrar, bueno... ésa es la disculpa..., nuestros cumpleaños veintidós y veintiséis, respectivamente. Con mucha parsimonia ante este maravilloso y esperado día, preparamos las mochilas, introduciendo comida para cinco días. Y después de dieciséis días, de nuevo calzamos las ya desacostumbradas botas.
Son las diez quince cuando abandonamos el campamento para acercarnos al pie del monte del cual desconocemos su nombre y su altura (más tarde nos informarían que posiblemente era un monte virgen de nombre Biarchedi, de 6.759 metros). Tenemos que cruzar el glaciar Yermanendu. Después de dos horas nos encontramos en la orilla opuesta. A lo lejos, detrás de una nevada arista, ahora ya inconfundible, la cima del Chogori; a medida que ascendemos, una mayor porción se nos hace visible. Es precioso, alucinante: ante nosotros su cara oeste. Visto desde aquí no da la impresión de ser más alto que el vecino Broak o que la misma Torre Mustang, a la que lleva unos 1.400 metros.
Sobre las doce y media alcanzamos el lugar donde pensamos vivaquear, y me da la impresión de que el lugar a donde mañana queremos llegar (la arista que comunica los dos montes) se encuentra muy cerca. Hoy nos debemos encontrar a unos 4.600 metros. Y lo más alucinante: el día, el maravilloso día que nos acompaña, y la no menos esplendorosa y maravillosa vista que podamos imaginar: Torre Mustang, Chogori, Broak, Gasherbrum IV y, en dirección contraria, el Masherbrum, del que hoy distinguimos la mayor parte de la ruta que tenemos pensado seguir una vez estemos bien aclimatados.
Mientras preparamos la comida, unos pequeños aludes bajan por la pared que pensamos ascender, sin llegar a alcanzar de lleno la ruta que mañana tenemos pensado seguir. Ahora, la sordidez de un silencio sin límites nos acompaña. Aún no son las cinco cuando me introduzco en el saco y, en menos de media hora, rodeado de este alucinante silencio, me he quedado dormido.
Quino desvela mi temprano sueño con alegría en su rostro.
...como techo, el firmamento; sin timidez, asoma la luna, las estrellas. Se siente el ronronear del pequeño fogón. Aprovechamos hasta el último momento para permanecer al amparo del saco, como si de esta manera quisiésemos retrasar algo inevitable. A las cuatro continuamos el ascenso, por la derecha de un agrietado campo de nieve; más arriba lo cruzamos y ascendemos por una rampa de 45° en su comienzo, que luego se torna en 55°, alcanzando así una pequeña arista por la que continuamos hasta que un serac nos imposibilita continuar. Bordeamos el serac por la derecha y continuamos por una rampa de 55°, donde la nieve se encuentra en excelentes condiciones. Un poco más arriba atravesamos hacia la izquierda, por debajo de unos seracs. En principio el lugar es bastante llano y en algunos tramos nos hundimos hasta la cintura. La pared, a medida que continuamos en travesía, se vuelve más vertical; de 50° pasa a 70°. Entre el hielo cristal, que aflora en algunas pequeñas canales, y la falsa capa superficial de otros lugares, la ascensión se vuelve bastante peligrosa. Ya no llevamos cuerda.
En un pequeño espolón de nieve de 65° decidimos hacer una plataforma: son las diez, y hace unas cuantas horas que el sol calienta. Más de dos horas invertimos en realizar la pequeña plataforma. Broak, Chogori, Mustang, Catedrales, Trango y un largo etcétera de grandes montañas que desde aquí se divisan, con su sempiterna callada presencia, contemplan nuestra profana ascensión. Durante la noche duermo a intervalos a causa de la nieve en polvo, que por veces cae sobre nosotros. A las cuatro reanudamos la ascensión.
La nieve, como era de esperar, se encuentra en mejor estado que ayer. Intentamos continuar en línea recta, pero una franja de hielo cristal nos invita a hacerlo en travesía ascendente hacia la izquierda, por rampas que oscilan entre 55 y 70°.
Después de cinco horas alcanzamos la cornisa de la arista, pero no encontramos ningún paso para superar los tres metros que nos separan de ella. Necesitamos una hora para abrir un pequeño boquete.
Una vez en la arista dejamos las mochilas, y sin ningún peso, continuamos a la cercana cumbre de 5.880 metros. Una hora más tarde estamos de regreso y, un poco más abajo, en la misma arista, instalamos nuestra tienda.
La virgen pared este del Masherbrum (7.821 m) y la majestuosidad del Chogori acaparan toda nuestra atención.
Mientras nuestros cuerpos son castigados por el agobio del calor, nos ensimismamos en busca de la ruta ideal para continuar mañana la ascensión.
Unos spaguetis regados con unos tés intentan saciar nuestro apetito.
Ya el sol nos abandona por hoy en su eterno caminar, y un ligero fresquillo viene a sustituirlo.
Con una estrellada noche sobre nosotros, hoy un poco más temprano que de costumbre -son las tres-, emprendemos el camino hacia la cumbre del Biarchedi.
Descendemos por la arista hasta el collado, para continuar por la misma larga arista que ahora sube hacia el Biarchedi. Pequeños tramos de 65° se alternan con largos tramos de menor verticalidad, donde nos hundimos algunas veces hasta las rodillas. Más de dos horas invertimos en realizar esta arista; continuamos por unas rampas poco verticales, donde el estado de la nieve es lamentable. Una larga e interminable rampa de 55° con resaltes de 65° pone término a tan trabajoso caminar.
En algún momento, Quino se queja de su pie izquierdo. Después de unos doscientos metros, alcanzamos una suave pendiente, que nos deposita en la arista cimera, y desde aquí apreciamos dos paredes que nos fascinan sobremanera: la oeste del Gasherbrum IV y la este del Masherbrum, dos paredes aún vírgenes. Quino dice no sentir los pies... Comprobamos que sufre congelaciones, y lo primero que nos viene a la mente es la necesidad de bajar. A menos de cien metros está la cumbre, pero en estos momentos el fácil camino a la cumbre ha perdido interés.
Después de sopesar un poco la idea de descender ahora, decidimos vivaquear en una grieta. Quino dormirá con los dos sacos de pluma.
A lo largo de toda la tarde nos dedicamos a masajear sus insensibles dedos, conjuntamente con pequeños baños de agua templada. Finalmente, parecen reaccionar algo.
Paso toda la noche en vela, ni tan siquiera durante unos minutos logro conciliar el sueño. El frío y un molesto picor de ojos hacen de esta noche una pequeña e interminable pesadilla. Me paso la mitad de la noche cantando la llegada del amanecer, y con ésta ya son tres las noches que casi no duermo... Bueno; de esta última es mejor no hablar.
En la noche, de vez en cuando, molesto a Quino para saber la hora.
Parece amanecer, las tinieblas se disipan. Para levantarme, espero a que el sol asome en la entrada. Son las cuatro y media cuando abandono la funda de vivac y me deshago del traje de Quino; también las frías botas sustituyen dos de los tres pares de calcetines.
Sin tomar nada, ya que el combustible y la mayoría de las cosas se nos terminaron, emprendo el camino a la cumbre, llevando conmigo solamente la cámara fotográfica y el piolet... Quino continúa enfundado en los sacos, masajeando sus pies.
Me dirijo a la arista, la cual el sol calienta desde lo más temprano, pero la continuidad de la grieta en donde dormimos me impide seguir. Sin posibilidades de franquearla, realizo una travesía de unos trescientos metros, con la nieve cubriéndome hasta las rodillas. Siento los pies fríos y muevo los dedos para saber que continúan bien. Ya atisbo la cercana cumbre, sólo una empinada pendiente me separa de ella, como mucho cien metros. Comienzo la ascensión de la pendiente con despreocupación, pero a medida que asciendo compruebo en el berenjenal que me estoy metiendo. Una gran cantidad de hielo cristal aflora cuando llevo unos treinta metros ascendidos por este peligroso terreno y, arrepintiéndome de no haber traído el martillo-piolet, decido darme la vuelta.
Al regreso, los pies me duelen con mayor intensidad; intento mover los dedos, pero sin resultado positivo. A las seis me encuentro de nuevo en el vivac.
Comento lo sucedido a Quino, quien se apresura a vestirse y recogerlo todo. Mientras tanto, me descalzo y someto mis pies a intensos y dolorosos masajes: parecen reaccionar bastante bien.
A las siete de la mañana emprendemos el descenso. Al oeste se puede apreciar un denso cúmulo de nubes. Siguiendo nuestras recientes huellas de ayer, y después de tres horas, alcanzamos la tienda. Quino aprovecha para masajear sus insensibles dedos del pie.
Una gran cantidad de nubes, en un rápido desplazarse, comienzan a llegar, y pronto las cumbres del Chogori y del Broak se ven envueltas por ellas.
Desmontamos la tienda envueltos en pequeñas y ocasionales nevadas, y comenzamos el descenso por una fácil pero interminable rampa de 40°, que discurre por la cara sureste.
... nos deposita en un pequeño glaciar que se une al Yermanendu y, después de un largo y agobiante caminar por este glaciar, a las cinco de la tarde nos encontramos en nuestra acogedora tienda. Las nubes lo cubren casi todo. Ahora, el placer del descanso, el buen dormir. Llevo casi tres noches sin conciliar el sueño...; recuerdo algo: "En lo más profundo del Himalaya existe la leyenda de una montaña alta y sagrada. Desde su cumbre, tu sombra se proyecta sobre la sierra que se extiende a sus pies. En ella encontrarás el camino, pero tu personalidad has de buscarla en los sueños" (K2, R. Messner).
Con un inestable tiempo sobre nosotros y después de un día de descanso, decidimos ir en busca de las provisiones que tenemos escondidas cerca del Garari (60 km. nos separan de nuestro preciado tesoro). Caminamos contentos y ligeros con nuestras mochilas prácticamente vacías, en las que sólo llevamos el saco. Nuestras mentes divagan sobre la próxima ascensión.
El destino nos tiene preparada una desagradable sorpresa... Tres horas más tarde, Urdukas... La gota que colma el vaso. Nuestras mentes han tomado la determinación de regresar.
Los proyectos e ilusiones que unas horas antes nos ocupaban quedan olvidados y relegados para otra ocasión.
... Dos días más tarde, con unas pesadas mochilas de 35 kilos, llegamos al Garari y nos encontramos con otra sorpresa: el depósito de comida y alguna ropa que teníamos aquí, nos las han limpiado... Ya poco importa. Regresamos a casa.
Resumen técnico:
Expedición: Karakorum-84
Miembros: Joaquín Carril y José A. Martínez
Apertura de la vía "Sueño imposible" en la pared noreste del Biarchedi (6.759 m), cumbre virgen situada en el Karakorum (Paquistán)
Dificultad: Glaciar, rampas de 50 a 75°, con un desnivel de 2.300 metros (escalada con dificultad similar a la sur del Aconcagua)
Aproximación realizada porteando la mayor parte del tiempo los propios expedicionarios.
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