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Nuevas técnicas
Como dijimos, la segunda condición favorable vendría de la mano de la tecnología:
El problema básico sería la aclimatación a la altura. Tener el cuerpo en la mejor disposición para realizar un duro trabajo físico a 8000 metros y para poder respirar una atmósfera baja en oxígeno requiere siempre una preparación muy específica. Hasta entonces, el concepto clásico de gran ascensión con campamentos de aprovisionamiento obligaba a progresar con lentitud. Así, cuando los alpinistas estaban en condiciones de atacar la cumbre, su cuerpo había pasado varios días sometido a la progresiva debilidad que produce la altura. En estas condiciones, el organismo humano pierde millones de glóbulos rojos y casi dos litros de agua al día. Pronto aparecen cefaleas, mareos y malestar general que deterioran el estado físico y merman las posibilidades de llegar a la cumbre. En cambio desde los años ochenta, las expediciones ligeras han demostrado que es preferible ir más aprisa, llevar un equipo reducido, hacer cumbre en poco tiempo y regresar rápidamente a baja altura para recuperarse, evitándole al organismo el enorme desgaste de una estancia prolongada en altitud. El equipo que iba a acometer este reto desarrolló un programa de aclimatación a la altura especialmente adaptado a la respuesta física de sus propios organismos. Verificó con éxito la eficacia de este programa en la cumbre del Aconcagua y también durante otra ascensión realizada al Everest, en el mismo entorno donde estaban fijados sus objetivos. |
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